VII - Colegas
Los primeros rayos de sol del nuevo día empezaron a aparecer como por arte de magia en el horizonte por encima del mar. Un mar que hacía de espejo, donde los reflejos dorados y naranjas parecían miles de luciérnagas que revoloteaban sobre aquellas tranquilas aguas. Solo la naturaleza era capaz de producir espectáculos como el que estaban presenciando Fernando y sus amigos. Algunos de ellos inmortalizaban el momento con sus móviles, Fernando en cambio prefirió que las imágenes quedaran para siempre impresas en su retina, en su mente y en su corazón...
Fernando, no recordaba de quien fue la idea; "Oye...porque no nos quedamos y vemos amanecer...estaría bien...como cuando eramos jóvenes..."
Su tío, había reunido por sorpresa a la antigua pandilla de Fernando para cenar y recordar viejos tiempos, sin duda fue el mejor regalo que le podía hacer. Allí estuvieron la mayoría de ellos, vivían en el pueblo o pueblos cercanos y cuando les avisó Alberto, no lo dudaron ni un momento.
La cena se alargó hasta altas horas de la noche. Risas, recuerdos de viejas andanzas y de algún que otro enfado, casi siempre provocado por las típicas disputas de adolescente.
Tras la cena, un largo paseo por el pueblo, recorriendo los lugares que forjaron la amistad y la personalidad de Fernando y sus amigos. Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche tan agradable, hacía mucho tiempo que no se reía con tantas ganas.
Y allí estaban, en la playa, contemplando el amanecer, un amanecer tan fugaz como la vida misma, que algunas veces pasa, nos pilla mirando para otro lado y nos perdemos lo verdaderamente importante.
Y ahí entre risas, recuerdos y confidencias, Fernando se dio cuenta de que las personas con las que has compartido tu vida, de alguna manera te acompañan para siempre aunque no estén a tu lado, algo de ellas queda impreso en ti y para bien o para mal es hasta el final...
Fernando, no recordaba de quien fue la idea; "Oye...porque no nos quedamos y vemos amanecer...estaría bien...como cuando eramos jóvenes..."
Su tío, había reunido por sorpresa a la antigua pandilla de Fernando para cenar y recordar viejos tiempos, sin duda fue el mejor regalo que le podía hacer. Allí estuvieron la mayoría de ellos, vivían en el pueblo o pueblos cercanos y cuando les avisó Alberto, no lo dudaron ni un momento.
La cena se alargó hasta altas horas de la noche. Risas, recuerdos de viejas andanzas y de algún que otro enfado, casi siempre provocado por las típicas disputas de adolescente.
Tras la cena, un largo paseo por el pueblo, recorriendo los lugares que forjaron la amistad y la personalidad de Fernando y sus amigos. Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche tan agradable, hacía mucho tiempo que no se reía con tantas ganas.
Y allí estaban, en la playa, contemplando el amanecer, un amanecer tan fugaz como la vida misma, que algunas veces pasa, nos pilla mirando para otro lado y nos perdemos lo verdaderamente importante.
Y ahí entre risas, recuerdos y confidencias, Fernando se dio cuenta de que las personas con las que has compartido tu vida, de alguna manera te acompañan para siempre aunque no estén a tu lado, algo de ellas queda impreso en ti y para bien o para mal es hasta el final...
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