IV - Pedro
La mañana era bastante agradable para la época del año en la que se encontraban. Una brisa de Levante húmeda le hacía sentirse bien. "No tardará en llover" le aseguró su tío Alberto, que en eso no solía fallar. Si hace una semana alguien le hubiera dicho a Fernando que estaría en un viejo barco de pesca, adentrándose en el mar para cumplir una de las ultimas voluntades de su padre, le habría tachado de loco. Pero allí estaba...
Pedro, su padre, era un hombre de mar. Toda su vida fue el mar, bueno...el mar y Carmen. Aunque no fue un hombre cariñoso, a su manera la adoraba y Carmen lo sabía, Fernando recordaba a su madre cuando decía que estaba casada con el mar, y de alguna manera así lo era.
El martilleo del viejo motor de gasoil cesó. Habían llegado a su destino. Comenzó a llover. En ese preciso instante Fernando fue consciente de lo que habían venido a hacer. A su padre todo lo demás no le importaba como se hiciera, pero en esto fue muy claro, parte de sus cenizas tenían que descansar con su amada esposa, el resto...con su otro gran amor, el mar.
Y en aquel momento Fernando empezó a conocer a su padre...
Pedro no tuvo una vida fácil, como la mayoría de los hijos de aquella maldita guerra, huérfanos desde bien pequeños, su hermano Alberto y el, tuvieron que salir adelante como pudieron y como no pudo ser de otra manera aquello les marcó el carácter y su vida.
Fernando empezó a sentirse algo mareado, había llegado el momento...Pensó que estaría bien decir algunas palabras de despedida, lo intentó...pero se agolpaban en su cabeza; "¿por que?...", "perdona papa...", "si tu hubieras...", "lo siento...", sentía como le ardían en la garganta...y al final musito un "te quiero"...y lo hizo.
El graznar de las gaviotas al entrar al puerto le hizo volver a la realidad, había sido una dura mañana, pero se encontraba muy bien, una mezcla de euforia y tristeza le inundaba por dentro. Se despidió de su tío y se adentró por las callejuelas empinadas de su pueblo pensando que su viaje estaba llegando a su fin...
Pedro, su padre, era un hombre de mar. Toda su vida fue el mar, bueno...el mar y Carmen. Aunque no fue un hombre cariñoso, a su manera la adoraba y Carmen lo sabía, Fernando recordaba a su madre cuando decía que estaba casada con el mar, y de alguna manera así lo era.
El martilleo del viejo motor de gasoil cesó. Habían llegado a su destino. Comenzó a llover. En ese preciso instante Fernando fue consciente de lo que habían venido a hacer. A su padre todo lo demás no le importaba como se hiciera, pero en esto fue muy claro, parte de sus cenizas tenían que descansar con su amada esposa, el resto...con su otro gran amor, el mar.
Y en aquel momento Fernando empezó a conocer a su padre...
Pedro no tuvo una vida fácil, como la mayoría de los hijos de aquella maldita guerra, huérfanos desde bien pequeños, su hermano Alberto y el, tuvieron que salir adelante como pudieron y como no pudo ser de otra manera aquello les marcó el carácter y su vida.
Fernando empezó a sentirse algo mareado, había llegado el momento...Pensó que estaría bien decir algunas palabras de despedida, lo intentó...pero se agolpaban en su cabeza; "¿por que?...", "perdona papa...", "si tu hubieras...", "lo siento...", sentía como le ardían en la garganta...y al final musito un "te quiero"...y lo hizo.
El graznar de las gaviotas al entrar al puerto le hizo volver a la realidad, había sido una dura mañana, pero se encontraba muy bien, una mezcla de euforia y tristeza le inundaba por dentro. Se despidió de su tío y se adentró por las callejuelas empinadas de su pueblo pensando que su viaje estaba llegando a su fin...
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